27 de mayo de 2015

Una visión paleolítica

Los científicos parecen estar de acuerdo en que las diferencias morfológicas, cognitivas o psicológicas que existen entre hombres y mujeres surgen en nuestra historia remota y durante miles de años se han ido grabando en el ADN perpetuándose hasta nuestros días.
 
Las teorías de Darwin se basan en la idea de que, dentro de una especie, los individuos que sobreviven son los que mejor se adaptan al entorno, transmitiendo en sus genes los comportamientos y rasgos físicos más apropiados, mientras que las conductas inadecuadas o peligrosas desaparecen. Los principios de selección natural y cultural rigen los pasos de los sociobiólogos para investigar las diferencias entre géneros, que se fundamentan en el reparto de papeles y en la organización social de los pueblos prehistóricos y que mantienen la perspectiva tradicional según la cual nuestros antepasados paleolíticos eran cazadores y nuestras antepasadas eran recolectoras y encargadas de la prole.
 
Partiendo de la dudosa veracidad de esta premisa, los sociólogos explican nuestras diferencias. Si el cuerpo femenino tiende a acumular grasa y el masculino acumula músculo, es porque el hombre-cazador recorría grandes trechos para buscar comida y necesitaba unos miembros fuertes y vigorosos para cazar y para huir. Esta es la razón aducida para desentrañar por qué el hombre desarrolla más que la mujer su masa muscular. El papel de la mujer prehistórica era procrear, durante los meses de embarazo y aunque la comida escaseara, no podía dejar de alimentar a la criatura que gestaba, después, una vez nacida, debía amamantarla o proporcionarle nutrientes para sobrevivir. Por eso, la mayor preocupación de nuestras antepasadas era acopiar reservas de grasa para garantizarse el futuro, el suyo, el de sus hijos y, por ende, el de la especie. Puede que por eso, en la actualidad, unos pechos abundantes y unas caderas redondas hechicen a la mayoría de los varones, que conservan este instinto ancestral para discernir en las curvas femeninas un buen seguro de descendencia.
 
El mismo patrón evolutivo explicaría el origen de las distintas habilidades masculinas y femeninas. Las mujeres están mejor dotadas para la comunicación porque se pasaban la mayor parte del tiempo juntas, desempeñando actividades colectivas como recolectar o preparar los alimentos. También su desarrollado sentido del gusto provendría de su papel fundamental en la alimentación de la tribu, de su buen criterio dependía la vida, pues debía reconocer los frutos maduros y las plantas comestibles. También su oído se agudizó a base de estar atenta al llanto de sus hijos y aprendió a comprender las emociones ajenas identificando si los lloros eran de hambre, de frío, de dolor, de miedo… Por su parte, los hombres aprendieron a orientarse y se tornaron más agresivos influidos por su principal actividad: la caza. El buen cazador tenía que adentrarse por parajes desconocidos en busca de comida y luego regresar con los suyos, para ello tuvo que aprender a reconocer con detalle los sitios por los que pasaba, buscar observatorios estratégicos y ejercitar su puntería. Pero la caza, supongo yo, que no era una actividad solitaria, los hombres prehistóricos ya debían saber que la unión hace la fuerza. Y en el caso de que lo fuera, ¿no tendrían que comunicarse con otros cazadores? Por otro lado, es muy probable que la mujer también se viera en la necesidad de recordar dónde estaban determinadas plantas y árboles, también tendría que caminar en busca de raíces y frutos, encaramarse a algunas ramas, salir corriendo si algún depredador la atacaba, defender a sus hijos en peligro… Aún encuentro otro punto débil a estas teorías, si el hombre se marchaba de casa durante largos periodos para ir a cazar, su mujer y su prole quedaban solos y desprotegidos, por tanto, la mujer tenía que ingeniárselas para seguir comiendo durante su ausencia, para salvaguardar su vida y la de sus criaturas, es decir, la mujer debía ser por fuerza autosuficiente y no un ser desvalido a la espera de que el macho de la especie colmase sus necesidades.
 
Es muy probable que las explicaciones que nos ofrecen sobre nuestras antepasadas sean solo una visión reduccionista con la que se intenta explicar por qué los hombres y las mujeres somos diferentes, por qué los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, por que los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas. Las hormonas y los genes marcan solo algunas predisposiciones, pero es la experiencia vital de cada uno la que determina ciertas conductas, reforzándolas o eliminándolas, de ahí que cada individuo, hombre o mujer, sea un ser único. Lo demás son ganas de justificar posturas de inferioridad o superioridad.