22 de mayo de 2015

Salud mental


 
 

Todos estamos un poco locos, pero la cantidad de locura que padecemos es la que determina si somos “normales” o “anormales”. El grado en que nuestra conducta se decante hacia uno de los extremos, determinará si cabe considerarla enfermiza.
 
Si vemos a un niño que juega en la calle al teje: saltando por las baldosas de la acera, no solo nos parecerá una actividad normal, sino saludable. Un adulto también puede jugar al teje, pero cuando observamos que sistemáticamente elude pisar las líneas divisorias de las baldosas o las sigue de manera intencionada, interpretaremos su actuación como atípica y un médico la calificaría de neurosis obsesiva.
 
Todos nos sentimos eufóricos y “desinflados”, agresivos y tímidos, divertidos y tristes, sin que esto signifique que estemos tocados del ala. Padecemos estrés, vivimos conflictos emocionales, sufrimos insomnio, fatiga, ansiedad, algunas fobias… La sociedad que hemos construido nos vuelve neuróticos. Necesitamos afecto, comprensión, contacto con otras personas, refuerzos y estímulos por parte de los demás, y en lugar de eso recibimos agresividad, indiferencia, menosprecio… Nuestro entorno no nos facilita una vida mentalmente “confortable”, por eso nos aislamos, nos sentimos inseguros y frustrados.
 
Cada cual reacciona según sea su temperamento, pero también reacciona al trato que le dispensa la vida y quienes le rodean. Nuestra conducta es cada vez más neurótica. No podemos ser tal y como la sociedad exige: perfectos, y quizás compensamos esta frustración como Ricardo III: “Yo, toscamente construido, deforme, enviado a medio hacer a este mundo, acabado a medias y tan imperfectamente y fuera de moda que los perros ladran cuando me paro delante de ellos… ya que no puedo mostrarme como un amante… he decidido comportable como un miserable”.
 
Las noticias que nos llegan del mundo nos muestran comportamientos monstruosamente crueles. El tipo de individuo que surge en las situaciones de guerra o de violencia social, bajo cualquier fanatismo o en un ambiente inhumanamente atroz, no puede ser “normal”. Sin llegar a estos extremos, poco a poco nos volvemos más crueles, más insensibles. Nos estamos adaptando al mundo hostil que hemos creado.