19 de mayo de 2015

Quién fue Leonardo Da Vinci

¿Quién era? es la pregunta que subyace en una biografía. En un hombre como Leonardo Da Vinci, celoso de su intimidad y difícil de conocer, la respuesta a esta pregunta es una suma de sorpresas.

 

Los hitos que logró, sus cuadros de fama mundial, sus magníficos y detallados dibujos, sus excelentes tratados de anatomía, sus inventos, pero para averiguar quién era el hombre más que en sus grandes obras deberíamos fijarnos en los pequeños detalles: su llamativa forma de vestir, con túnicas de un color rosa chillón, botas de cuero, anillos… o el peculiar almuerzo que tomó cierto día de 1504: anguilas, albaricoques y pan a la pimienta. En la British Library, se conserva una página con anotaciones sobre geometría que Leonardo escribió seguramente en 1518. Falta una cuarta parte para concluir la hoja y el texto se interrumpe bruscamente con un etcétera. La última línea sorprende y confunde, dice: “perche la minestra si refredda”. Sí, dejó de escribir porque la sopa se enfría. La aridez de sus abstracciones geométricas se interrumpe para ofrecernos una muestra de humanidad.

 

El genio del Renacimiento era un hombre sencillo, pese a que la lista de sus logros es abundante y variada: inventor, anatomista, matemático, músico, escritor de pensamientos y apuntes, pintor, botánico, ingeniero… Él mismo se definió como un hombre iletrado, era porque no sabía latín, no fue a la universidad. Leonardo siguió una educación distinta, que se impartía en academias que enseñaban prácticas profesionales, de los universitarios opinaba que no eran sino “voceadores y recitadores de las palabras de otros”. La curiosidad, su virtud más destacada, suplió sus carencias de una educación reglada. Su mente, libre de cualquier precepto aprendido, fue configurando su pensamiento y su manera de ver el mundo. En uno de sus cuadernos figura el listado de sus libros, una pequeña colección que incluye la Historia natural, de Plinio, un libro de gramática latina, un manual de aritmética y la epopeya Morgante, de Luigi Pulci.

 

Leonardo prefiere la experiencia de primera mano. La sperientia lo es todo. Y para comunicar sus experiencias prefiere el dibujo a la palabra, que confunde la mente del lector. En el margen de uno de sus dibujos anatómicos sobre el corazón escribió: “¡Oh, escrito! ¿Cuáles de tus palabras describirían este órgano con tanta perfección como lo hace este dibujo?” Tal vez por eso sus cuadros son meticulosos, capaces de expresar acontecimientos mentales mediante los gestos físicos de los personajes, misteriosos y perturbadores.