27 de abril de 2015

Ríase de todo y sea feliz

Quizás porque la crisis se va haciendo larga y pesada, en los últimos tiempos proliferan las filosofías de la felicidad y el buen rollo, destinadas a combatir el malestar y el estado depresivo en el que nos hemos instalado.
La filosofía del bienestar, del crecimiento personal o de la felicidad, como se la quiera denominar, se ha puesto de moda. La principal pega de esta bienintencionada corriente, encaminada a sacarnos del averno en el que moramos, es que el concepto de felicidad varía enormemente según el individuo y la cultura a la que pertenezca.
El auge de la filosofía positiva se halla ya presente en la ideología dominante, en los nuevos gurús espiritualistas, en los grandes departamentos de recursos humanos, en los medios de comunicación y en el mercado, pues cada día abundan más los productos destinados a favorecer la salud y procurarnos bienestar en la vida cotidiana.
Esta filosofía positiva o de la felicidad tiene un componente peligroso y no es otro que la evitación casi neurótica de lo negativo y desagradable. Esa obsesión por buscarle el lado positivo a todo, por afrontar cualquier drama con optimismo, por “castigar” a las personas que sienten enfado o tristeza, provoca la negación de lo que sentimos, emociones perfectamente legítimas en el ser humano. El despido, perder el salario que nos llena el plato, no es una experiencia negativa, es una “oportunidad”, una ocasión para emprender un nuevo rumbo, un motivo de alegría.
Cada uno de nosotros debe practicar el autoliderazgo, creer que si deseas algo con vehemencia acabarás consiguiéndolo. El éxito o el fracaso en nuestra vida dependen exclusivamente de nosotros. Así se afianza el individualismo a ultranza y el fracaso se convierte en tabú. Quien duda o tiene un pensamiento negativo padece un problema de salud mental.
Nos dicen que la sociedad actual está en continuo cambio y nos animan a reinventarnos constantemente para adaptarnos a las nuevas exigencias del momento, además nos obligan a ser felices y a obtener el éxito en estas situaciones. No es de extrañar que el temor al fracaso acabe por bloquear a muchos, provocando que se sientan inadaptados y excluidos del maravilloso mundo feliz.
Ojalá fuese cierto. Ojalá en nuestra sociedad no tuvieran cabida las injusticias, las arbitrariedades, los conflictos, el miedo…  Pero hay que ser realistas. A lo largo de nuestra vida, no todo será de color rosa, no poseeremos el control absoluto de nada, no siempre triunfaremos, sentiremos abatimiento, frustración, tristeza… Somos seres emotivos y experimentamos sentimientos. Negar esta evidencia es rechazarnos, con el peligro que ello implica, ya que genera frustración, y precisamente frustración es lo que nos hemos prohibido sentir.