9 de abril de 2015

No hay certeza

En 1877, el paleontólogo Othniel Marsh descubrió un dinosaurio llamado apatosaurio (lagarto engañoso). El nombre es significativo, pues el dinosaurio consiguió engañar a Marsh. Dos años más tarde, Marsh creyó haber descubierto una nueva especie de dinosaurio, aunque, en realidad, había encontrado otros huesos de apatosaurio sin cabeza. Luego halló una cabeza que atribuyó a un dinosaurio nuevo, sin embargo, se trataba del cráneo de un camarasaurio. Denominó al falso dinosaurio: brontosaurio.
En 1903, los científicos concluyeron que el brontosaurio era falso. El brontosaurio era realmente un apatosaurio con la cabeza equivocada. La comunidad científica se enteró del error, mientras la gente siguió pensando que el brontosaurio existía porque los museos continuaban etiquetándolo así y porque se había hecho famoso, famosísimo. Tanto que en 1989, 86 años después de que se confirmase que el brontosaurio no existía, se acuñó un sello de correos estadounidense con la imagen y el nombre de un supuesto brontosaurio.
El apatosaurio era un herbívoro que vivió en el Jurásico, hace unos 150 millones de años, y es uno de los animales más grandes que han existido. Su peso superaba las 30 toneladas, medía más de 27 metros de largo y la altura de su cadera alcanzaba los 4,5 metros. Su cabeza era pequeña en relación a su cuerpo, medía alrededor de un metro de longitud. La cola superaba los 15 metros.
La historia del apatosaurio demuestra que la ciencia se equivoca, rectifica y está en constante cambio. Nuevos hallazgos modifican antiguas teorías y varían la percepción del mundo. La ciencia no se detiene y avanza hacia el futuro.