6 de abril de 2015

El monstruo más grande jamás creado

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial el mundo occidental estaba en ruinas. La producción industrial y la necesidad de aplicar las políticas keynesianas para que la gente consumiese propiciaron que la sociedad recibiera una serie de servicios y transferencias que algunos calificaron como conquistas sociales. El objetivo de pleno empleo y los servicios públicos, más que una victoria socialdemócrata, constituían las condiciones necesarias para que la sociedad se mantuviera estable. La democracia era un ejercicio de dominación legitimada, pero esta dominación exigía que los ciudadanos tuvieran una mayor capacidad de compra.
El equilibrio creado ha terminado quebrando, pues el modelo económico que lo sustentaba, en los años setenta, empezó a amenazar la tasa de beneficios de las grandes empresas. El capital empresarial, tan importante en los partidos políticos, preparó diversas estrategias, a las que se sumaron cambios estructurales, tales como las deslocalizaciones empresariales, las crisis fiscales estatales o los cambios derivados de la revolución tecnológica. Como consecuencia, el mundo del trabajo se debilitó, dando pie a la crisis del empleo. Las bajadas de salarios, la supresión de determinados servicios públicos y el estancamiento de la clase media hundieron el consumo y la demanda agregada, que componían la forma de participación ciudadana por antonomasia. Las consecuencias eran inminentes, aunque el aumento artificial del poder adquisitivo mediante el crédito, la especulación financiera y la creación de zonas de producción en Oriente consiguieron posponer dichas consecuencias hasta 2007, cuando las hipotecas basura concedidas demostraron ser papel mojado y produjeron el estallido del monstruo financiero más grande jamás creado.