13 de febrero de 2015

Estudiando a otros animales

Dicen que el hombre es el único animal que ríe. El hombre ha dictaminado cómo hay que reírse, y todos aquellos seres que no aceptan este patrón quedan automáticamente excluidos de su capacidad de reír.
 
El hombre se ha dedicado a estudiar concienzudamente el comportamiento animal. Ha observado cómo un ciervo, cuando avista de lejos alguna fiera, lanza un grito que permite huir inmediatamente a todos los miembros de la manada. Después el hombre explica lo ocurrido: no es que ese ciervo haya dado una voz de alarma para salvar al grupo, sino que ha sido una reacción suya instintiva, involuntaria, una mera reacción de espanto ante el peligro. ¿De veras es así? Aparentemente al menos, el científico actual se está haciendo más comprensivo; admite que puede darse cierta comunicación intencionada entre los animales, no solo entre congéneres, sino también entre individuos pertenecientes a especies muy diversas, por ejemplo entre una ballena y un pez piloto. Existe ya una disciplina llamada zoosemiótica, consagrada a estudiar el lenguaje animal, ese código de señales que ellos utilizan para llamar a su pareja, para congregar a sus hijos o para avisar dónde hay alimento. Sin embargo, hasta los científicos más cautos siguen negando al animal la facultad de hablar y de reír; se trata, dicen, de dos funciones reservadas al hombre, de dos atributos privativos de la especie humana.