10 de octubre de 2014

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En sus comienzos, la sociedad digital parecía encaminada a convertirse en un mundo plural, en el que todas las ideas tendrían cabida. Pero con el tiempo, las redes se han convertido en una corriente generadora de opinión, que influye en lo que pensamos.
Cuesta ir contra lo establecido porque los viejos mecanismos de control encuentran en Internet una gran caja de resonancia en la que las críticas se descalifican, se neutralizan y se anulan. Todo ello de forma masiva y rápida, ya que la velocidad a la que se mueve la información posibilita que nadie se informe a fondo sobre ningún asunto.
Nos movemos con sumo cuidado, secundamos y reforzamos a los nuestros y atacamos a los demás. Las ideas se repiten formando un ruido de fondo que acalla a los disidentes. El pensamiento se disuelve para hacerse mero seguidismo.
Un aluvión de datos, que aclaran poco y no explican casi nada, es a lo que nos conduce la era digital. Esa maraña embrollada es el caos, no sabemos dónde buscar, de qué información fiarnos. Somos incapaces de pensar por cuenta propia y acabamos siguiendo a las personas que marcan tendencia y a los líderes de opinión. Creemos lo que nos cuentan sin saber si es cierto o falso, repetimos lo que hemos conocido, seguimos a gente porque nos inspira confianza… Seguimos como borregos sin juicio.