24 de octubre de 2014

Reprimidos

“Los niños han nacido inocentes, sin inhibiciones ni culpabilidad respecto a sus sentimientos”, manifiesta Alexander Lowen, y habla de “un estado original de felicidad”. De la misma manera que en la filosofía de Rousseau la libertad desaparece un día para ser sustituida por la servidumbre, el niño, desde muy pronto, es expulsado del paraíso de la espontaneidad. Las emociones no tardan en topar con las restricciones, pues la libertad se inmola ante el principio de autoridad y ante la moral. Entonces se inicia un proceso implacable de represión y el potencial emocional se atrofia en lugar de expandirse. El niño descubre que hay emociones que están permitidas y otras que no lo están: “No llores”, “no te enfades”, “no seas celoso”, “no tengas envidia”, “no grites”, “no seas caprichoso”… Cada familia nutre de prejuicios al niño y le condiciona emocionalmente. En unas casas se tolera la alegría ruidosa, en otras se censuran las manifestaciones de cólera, o no se permite la tristeza. Hay padres que acostumbran a dar una golosina a su hijo cuando tiene un disgusto, fabricando así un futuro bulímico que, cuando esté triste, tendrá el reflejo de ir a la nevera.
 
Indefectiblemente, los hábitos son interiorizados, se entierran en el psiquismo en forma de bloqueos, de resistencia a la emoción. El niño se traga las lágrimas, contiene la ira, refrena la alegría… Para conservar el amor de sus padres, renuncia a su auténtica afectividad, falsifica sus sentimientos. Pero aquello que se entierra, no desaparece del todo, las emociones continúan presentes, en una vida subterránea. Es lo que la psicología actual denomina inconsciente: conjunto de emociones que uno se prohíbe expresar y que, con el tiempo, ni tan solo puede llegar a sentir.  
 
Esta autorrepresión se acompaña de un fantasma: el control absoluto de la vida interior. Un sueño secreto que alimentan los individuos que han reprimido sus emociones es llegar a conseguir el dominio absoluto sobre ellos mismos. La autorrepresión conduce a la escisión de uno mismo y resquebraja la personalidad: el sujeto se niega a admitir que experimenta emociones. Con esta desaprobación se desdobla.
 
Evidentemente, el rechazo no es una solución satisfactoria, porque, aunque se nieguen, las emociones siguen presentes y fermentan bajo la capa protectora de las defensas psíquicas, ejerciendo una opresión sorda y obsesiva. Así, poco a poco, aparecen las patologías. Al sujeto le atormenta el miedo a sentir emociones, teme abandonarse. Un axioma que nos enseñan al estudiar psicología clínica es el que enuncia que el sufrimiento psíquico no proviene de los sentimientos que experimentamos, sino de los que se pretenden rechazar. Lo que de verdad atenta contra el equilibrio mental no es sentir determinada emoción, es ser incapaz de sentirla. Según Arthur Janov “la enfermedad es el ahogo de los sentimientos, el remedio es experimentarlos”.