6 de octubre de 2014

Ir y volver

Bernard Shaw dijo, hace ya un siglo, que el automóvil, más que un medio de transporte, es un electrodoméstico imprescindible que atiende la necesidad primordial del hogar moderno: la de abandonarlo transitoriamente de vez en cuando. De esa necesidad de huída, de abandonar el asedio de la rutina, nacen las vacaciones. Unos días en la playa, en una ciudad de moda, o en un pueblo perdido, nos apartan del insoportable tedio de la vida.
Descansar de nosotros mismos y de nuestro pequeño mundo cotidiano, nos permite mirar la vida desde otra perspectiva, comparar, soñar con lo que podría ser y analizar aquello que es.
Las vacaciones tienen una fecha para concluir. Pasado el límite impuesto, llega el obligado regreso al hastío, a lo de siempre. Pero ocurre que nosotros ya no somos los que éramos cuando partimos, somos otros. Devastados por ese amor que nos incineró hasta el tuétano y nos ha dejado hechos cenizas. Desencantados porque el paraíso que nos prometieron visitar en la agencia de viajes no se ha correspondido con nuestras expectativas. Hartos de la forzada convivencia familiar veinticuatro horas diarias. Arruinados porque nos excedimos en los gastos. Satisfechos al haber cumplido nuestro sueño anhelado durante el año… Volvemos. Deshacemos la maleta y la guardamos en un lugar perdido para no caer en la tentación de salir corriendo de nuevo.
Como cualquier astro del universo, cumplimos un ciclo de alejamiento y regreso al punto de partida. Orbitamos por un espacio que es futuro incierto.