27 de junio de 2014

El peligro de olvidar tus sueños

Cuando sabes qué tienes que hacer y no lo haces, estás peor que antes, decía Confucio cargado de razón. En este caso la voz de la conciencia te recriminará señalando lo que puedes alcanzar y no tienes, lo que debes acometer y no afrontas, lo que conseguirías si lo intentases… Estos planteamientos se convertirán en un runrún dañino en tu mente.
El ser humano acepta mejor el fracaso que el no haberlo intentado. Nos consuela saber que pese a no haber logrado el objetivo que pretendíamos, hemos hecho algo para conseguirlo. El arrepentimiento unánime de los ancianos o de muchas personas en sus últimos momentos de vida es no haber hecho más cosas. Nadie se reprocha los fracasos, duele más no haberse arriesgado.
Al cerrar el último balance contable de nuestra vida, cobran valor los actos que iban encaminados a la consecución de un sueño. Ese viaje permanentemente pospuesto, esa reunión con gente para la que nunca hubo tiempo, ese proyecto de trabajo que no se emprendió, esa ilusión que abandonamos por no creer que pudiera materializarse… Serán motivo de arrepentimiento. Nunca sabremos cómo habrían resultado porque nos faltó valor para salir de la confortable rutina e intentarlo.