14 de mayo de 2014

Reformar la reforma


En lo que va de democracia llevamos siete reformas educativas, y parece que el ministro de turno siente la necesidad de poner lo que se encuentra patas arriba al coger la cartera del cargo.

No voy a valorar aquí los sucesivos desastres y despropósitos que han colocado a nuestros estudiantes en el podio del ranking mundial de la torpeza, pero, ya que me pongo, quiero apuntar unas reflexiones sobre el asunto: Las leyes de educación se han aprobado sin consenso, es decir, sin el acuerdo previo entre todos los grupos parlamentarios del Congreso o entre la mayoría de ellos. En los planes de educación no se incluye la asignatura más importante e imprescindible: la vida, por tanto, no se aprende a vivir.

Está muy bien que los alumnos adquieran competencias en informática, idiomas, matemáticas… Pero también hay que inculcar otros valores, valores morales, para que de mayores sean personas educadas, con criterio propio y sepan desenvolverse en la sociedad como individuos responsables, solidarios, respetuosos y participativos.

Hoy se habla mucho de empatía, asertividad, escucha activa, autoestima… Inteligencia emocional, lo llaman. Es esta inteligencia emocional la que nos proporciona las herramientas precisas para caminar por la vida sin encontronazos graves con los demás y para salir airosos de situaciones complicadas con las que todos tenemos que lidiar alguna vez.

¿Por qué no se incorporan estas habilidades sociales en los planes de estudio? Quizá porque los políticos son conscientes de que un hato de borricos es más fácil de manejar y de manipular que una sociedad bien formada, libre y que piensa por sí misma.