24 de febrero de 2014

La política consiste en conservar el poder

Estatua de Maquiavelo en Florencia.
La teoría política moderna nació con Maquiavelo. Aunque él no desarrolló una teoría de Estado, expuso lo que realmente representa la política. Para Maquiavelo, el arte de la política significa una sola cosa: conservar el poder. Con esta concepción escandalizó a sus contemporáneos, que esperaban de un soberano determinadas virtudes como la inteligencia, el valor o la mesura. Maquiavelo afirma con sensatez que también un soberano inteligente puede ser derrocado. Lo único que cuenta, insiste, es la capacidad de mantenerse en el poder. Así pues, Maquiavelo separa la política de la moral.
 
Para Maquiavelo la política nada tiene que ver con la moral. Un buen soberano debe ser capaz de actuar como una mala persona. La revolución que Maquiavelo provocó en el pensamiento político se debe a su máxima de que los Estados precisan soberanos fuertes, que puedan garantizar la paz, la seguridad y el bien del país. Extrajo esta enseñanza de los años que estuvo al servicio del gobierno de la República de Florencia. Allí tuvo la oportunidad de conocer a los hombres más poderosos de Italia. Pudo observar el gobierno de cerca. En una época de continuos desórdenes políticos, Maquiavelo reflexionó sobre la fórmula para mantener un poder estable, y coligió que toda acción política debe estar dirigida a la conquista y la conservación del poder. Para este fin, cualquier medio es válido.
 
En lugar de las virtudes cardinales que la tradición atribuye a un regente, esto es, sabiduría, equidad, valor y templanza, Maquiavelo propone la “virtú” del príncipe, concepto con el que se refiere a una mixtura de pragmatismo, cálculo y realismo. Un príncipe no debe preocuparse por su predicamento, en cualquier caso, es imposible satisfacer a todos. El único crédito que no debe descuidar es el de ser quien sabe mantener el poder. El príncipe no puede ser amado por sus súbditos aunque, de igual manera, ha de evitar provocar el odio extremo.
La principal virtud de un príncipe consiste en dominar el arte del disimulo. En este punto es donde Maquiavelo sobrepasa los límites de lo razonable: si bien el soberano ha de ser capaz de gobernar sin escrúpulos cuando la ocasión a sí lo requiera, no puede permitir que esto trascienda. Debe impedir que lo tachen de malvado o abyecto. Lo más deseable es que no personifique todas las cualidades positivas, pero sí es especialmente importante que actúe como si las poseyera.
 
Aquí se presenta el abismo del mal: el príncipe no solo debe aprender a obrar de manera inmoral, sino que también ha de esconder su vileza bajo una máscara de suavidad, amabilidad y decencia. El príncipe debe disimular siempre sus acciones: es necesario que sea hipócrita y debe saber mentir, negar y no cumplir con su palabra.
 
Nada de lo anterior suena precisamente bien. Esperamos otras cualidades de los políticos. Si despojamos de cinismo las ideas de Maquiavelo sobre el obrar de un político pragmático y lo disociamos del contexto de la sociedad renacentista, en la que la crueldad era parte de la vida cotidiana, quedan en pie varios pensamientos modernos. Maquiavelo afirma que un soberano ha de actuar tomando distancia de sí mismo. Es posible que algunas decisiones resuelvan de manera diferente o, incluso, no sean adoptadas, de emplearse otros criterios. En la misma situación, se toman determinaciones diferentes si se actúa desde la posición de un padre o de un amigo. Sin embargo, como político es necesario someterse a puntos de vista que no deben estar relacionados con preferencias personales.
 
Maquiavelo realizó una importante aportación: mostró cómo el príncipe puede subyugar e impresionar a sus súbditos utilizando el engaño y el disimulo. Puso de manifiesto cómo funciona realmente el poder. Pese a la modernidad de Maquiavelo, o precisamente por ella, su nombre va unido en la cultura europea a cierta inquietud. Durante la Segunda Guerra Mundial, los capitanes del ejército alemán y estadounidense declararon off limits (fuera de los límites) la finca del autor florentino, de cuatrocientos años de antigüedad. Ambos prohibieron la entrada a las tropas porque ninguno quería ser responsable de su destrucción. Como si tuvieran miedo de que Maquiavelo pudiera salir de su tumba para vengarse.