8 de enero de 2014

Le Corbusier

“Espacio, luz, orden. Esas son las cosas que los hombres necesitan como el pan. Y la arquitectura debe dárselas”.
 
Capilla de Notre Dame du Haut en Ronchamp, Francia.

 
Charles-Edouard Jeanneret (Le Corbusier) me atrapó nada más ver la foto de una de sus construcciones. Opino que la mejor valoración que puede hacerse de cualquier obra, consideraciones técnicas aparte, es que te guste, y las líneas puras, frías y geométricas de Le Corbusier, me seducen. Su estilo nace como oposición al desenfreno decorativo del art nouveau, tan en boga entonces. Él suprimirá la selva vegetal que cubre los objetos y edificios de la época y trastocará el mundo con la severidad geométrica.

Le Corbusier tiene el mérito de ser autodidacta, cualidades que le hacen más admirable todavía a mis ojos. Fue arquitecto, urbanista, pintor, escritor, diseñador de muebles, profesor de dibujo… Y todo ello lo consiguió sin haber pisado la universidad. Trabajó con Hoffman, Perret, Behrens y viajó por toda Europa libreta en mano, apuntando y dibujando sin parar. Su ideal arquitectónico fue una mezcla sabia de armonía clásica y funcionalidad. Con este nuevo patrón diseñó casas cubistas, planificó ciudades o intentó reformar París, aunque no le dejaron. Admiraba el Partenón, su belleza exacta y perfecta. Se le tildó de frío, algunos de sus edificios fueron duramente criticados, como la capilla Ronchamps, o muy alabados, es el caso de los apartamentos que construyó en Marsella.
Le Corbusier tuvo una visión revolucionaria del urbanismo que no se comprendió en su tiempo. Como todos los genios, quiso cambiar el mundo, mejorarlo, pero no le permitieron hacerlo.