23 de enero de 2014

Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneo


El edificio del Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneo sorprende e inquieta porque altera el paisaje urbano y genera una ruptura con el entorno, que queda trastocado, transformado por un volumen extraño. Es una construcción de aluminio lacado, ladrillo y hormigón, cuya apariencia produce desasosiego. Por dentro, el edificio cuenta con una extensión de más de nueve mil metros cuadrados. Alberga salas de exposiciones, tienda, biblioteca, salón de actos y, lo que para mí constituye su mejor y mayor logro, una terraza mirador que ofrece una perspectiva sumamente atractiva de la ciudad. El visitante se pierde en la verticalidad árida de un atrio con escaleras mecánicas que llevan hacia un cielo de luz. La acústica interior distorsiona los sonidos, que rebotan en el metal de las paredes. El conjunto interior es frío e inhóspito pese a la luz natural que se desliza por las chimeneas blancas. El arquitecto José Manuel Pérez Latorre ha construido su obra sobre las naves de los denominados Talleres de Oficios del Antiguo Hospicio Pignatelli. Tal vez sea cuestión de tiempo y a fuerza de ver el panorama urbano sacudido por prismas metálicos y acristalados, lo perciba como un regalo visual y no como un bloque disonante e injustificado dentro del horror monótono y gris del Paseo María Agustín de Zaragoza.