21 de enero de 2014

Huele

El olfato es el camino que nos lleva a la casa de la memoria. Los olores provocan asociaciones que permiten que nos deslicemos por los vericuetos del pasado y sintamos el ayer presente inmediato.
Todos guardamos sensaciones inolvidables asociadas a olores concretos. El césped recién cortado en un jardín, la cocina donde nuestra madre preparaba aquel plato que tanto nos gustaba de pequeños, la cafetera humeante esparciendo su aroma por el bar. Sensaciones impresas en el alma que nos llevan de viaje por los recuerdos y nos ofrecen una realidad vívida de otro tiempo.
Olor a lluvia, a salitre, a perfume, a incienso, percepciones húmedas, especiadas, frutales… Todo huele, las personas, las plantas, las cosas. Y es el olor el que contribuye a dibujar en el aire las misteriosas claves que nos servirán para regresar a momentos puntuales del pasado, a espacios sensoriales más efectivos que el recuerdo visual.
La modernidad nos trae nuevos materiales carentes de aroma, el acero, las resinas… El entorno se vuelve aséptico, la panadería no desprende olor a pan, las flores atrapadas en una cámara frigorífica pierden su fragancia original.
La vista adquiere supremacía en el mundo moderno en que vivimos, nos deja ciegos frente a una naturaleza compleja y nos impide analizar el entorno en profundidad.
Espacios desodorizados e impolutos, acaso adornados con un olor artificial que engaña, ganan terreno.
Quizás sea el momento de reivindicar la sensualidad de lugares que huelen a vida y aportan a nuestro espíritu una experiencia rica, plena y evocadora. No olvidemos la importancia de los olores. Oler. Oler. Oler.

2 comentarios:

Toy folloso dijo...

Me lo pones a huevo para que te muestre este sorprendentísimo blog.
Igual Blogger le cobra por lo extenso....

María Dubón dijo...

Gracias, Toy. Tas en todo.