29 de enero de 2014

A la revolución por el desencanto

La palabra que mejor define el estado de ánimo de la inmensa mayoría de los españoles es "desencanto". La inyección de optimismo que intenta meternos en vena el gobierno de Rajoy no cala ni resulta suficiente para alejar la negra nube de desesperanza que se ha instalado sobre nuestras cabezas. España se desintegra, se está cayendo a pedazos.
Madrid, Valencia, Barcelona, Gamonal… Tras seis años de durísima crisis, la sociedad sale de su letargo. Cientos de miles de personas sueñan con un mundo diferente y con que su sacrifico personal sirva para avanzar, no para llenar más el bolsillo de los ricos.
Se intenta recuperar la épica revolucionaria y poner en marcha las ilusiones, pero ¿es posible? El Gobierno está podrido y es incapaz de solventar nada, pese a ello, aún mantiene las riendas del Estado. El PP no está solo, todavía conserva una base social en amplios sectores de la clase media católica. El PSOE carece de un liderazgo claro. Las distintas mareas ciudadanas no actúan de forma unificada, como un frente común. No está claro el objetivo del movimiento ciudadano: ¿Detener la dictadura del PP? ¿Salvar a España de la debacle? ¿Hacer la revolución social?
Todo es posible en estos momentos. El que no lo crea, basta con que se detenga un instante en la puerta de una oficina de desempleo, que observe las caras de esas personas calcinadas que hacen fila. Lo que está claro es que no debemos quedarnos quietos, tenemos que recuperar la fe en nuestra fuerza. Porque todo es posible, aunque sea difícil, muy difícil.