16 de diciembre de 2013

Las preguntas que me hago

¿Cómo ha sido posible que ocurriera todo esto sin que nadie lo detectara? ¿De dónde surgió la corrupción que se vive en España? ¿Por qué nadie sospechó ni detectó nada raro? ¿Qué hacían el Banco de España; el Tribunal de Cuentas; Hacienda, sus inspectores y auditores? ¿Es posible que nadie viera o intuyese al monstruo que se estaba engordando con la sangre de los españoles? ¿No existen organismos ni medios de control que vigilen el funcionamiento financiero de un país? ¿Estábamos ciegos o no quisimos ver que íbamos directos al precipicio?
Cada día se descubren nuevos casos. Los escándalos son tan numerosos que nos perdemos entre cifras de millones de euros sustraídos, nombres de tramas y corruptos, financiaciones irregulares, despropósitos, despilfarro, uso indebido de dinero público, estafas, sectarismo, fraudes, prevaricación, comisiones, nepotismo, desfalcos, corruptelas… Desde la Casa Real hasta el último mono, todo en España tiene un tufillo que hiede. No me gusta generalizar en vano, pero es que “todo” está salpicado por los detritos del inmenso pozo negro de la crisis.
Los ciudadanos percibimos que España es un despiporre en el que cualquier cosa vale para enriquecerse. Los partidos políticos, conchabados con los lobbies económicos y financieros, manejan el cotarro y nos  dejan desarmados ante la fractura que esto supone para el modelo, supuestamente democrático, de representación social que tenemos.
Nadie controla a nadie, es una evidencia insoslayable a la vista de los hechos. Si los dirigentes del PP garantizan la pulcritud de su contabilidad por estar contrastada en las inspecciones del Tribunal de Cuentas y el juez Pablo Ruz constata indicios de "una cierta corriente financiera de cobros y pagos continua en el tiempo al margen de la contabilidad remitida por el Partido Popular al Tribunal de Cuentas”, según manifiesta en uno de sus últimos autos, es que algo falla, alguien nos miente.
España es un país enfermo, agónico, que se ahoga en sus propias heces. Solo entre Andalucía y la Comunidad Valencia suman trescientos imputados por corrupción. Pero no pasa nada, cuando los casos llegan a los tribunales, van acompañados de una coartada perfecta para la exculpación. Quizás esto sea lo peor, la impunidad con la que se cometen los delitos. La certeza de que la lucha contra la corrupción es otra mentira más hiere la sensibilidad del más pintado, porque somos nosotros, los ciudadanos, las víctimas de un daño que queda sin castigo.
Somos quienes menos responsabilidad tenemos en el origen de la crisis y los que con más virulencia la padecemos. ¿Por qué? ¿Por qué nos hemos hecho responsables de pagar unos platos que no hemos roto? ¿Por qué toleramos la existencia de una amnistía fiscal selectiva y oculta mientras nos asfixian a impuestos? ¿Por qué no exigimos unos organismos de control eficaces, que verifiquen en qué se invierte el gasto público? ¿Por qué aceptamos la reducción de salarios y pensiones mientras ellos viven opíparamente? ¿Qué nos pasa? ¿No nos atragantan las ruedas de molino con las que nos obligan a comulgar cada día?