26 de noviembre de 2013

Los pelos como escarpias

Calle Preciados (Madrid) 23/11/2013
Belén Esteban ha publicado un libro que en menos de dos días va por su tercera edición. ¿Lo habrá escrito ella?, me pregunto. Pero eso es lo de menos. Si me refiero al asunto es porque, el pasado sábado, colas interminables de personas ateridas de frío aguardaban en la calle Preciados de Madrid para entrar a El Corte Inglés. Belén Esteban firmaba ejemplares de su obra Ambiciones y reflexiones.
Belén Esteban ha movilizado al pueblo más de lo que lo han hecho las plataformas ciudadanas en defensa de la Cultura, la Sanidad, la Justicia pública, y en contra de la Ley de Seguridad Ciudadana, la violencia machista, los desahucios, la subida de impuestos, las congelaciones salariales o la reforma de las pensiones. Nos guste o no nos guste: las cosas como sean.
¿Qué tiene alguien como Belén Esteban para ser “la princesa del pueblo”? Que yo sepa, su mérito consiste en haber sido pareja de un torero, haberse separado de él, tener una hija en común con el diestro, problemas con su ex familia política, jaleos con su marido, operaciones de estética (bastante antiestéticas, por cierto), portadas en las revistas del cuore, adicción a ciertas sustancias poco recomendables… Su vida está en el escaparate mediático, sus gritos, su lenguaje barriobajero, su no saber estar, sus desavenencias matrimoniales y su ordinariez la han entronizado en los altares de la fama. ¿Cómo alguien así es capaz de ejercer un poder de convocatoria semejante?
Me pongo trascendente y pienso que la televisión es la herramienta perfecta para embrutecer al pueblo, alienarlo y volverlo acrítico e inofensivo. No nos subleva la crisis, ni los recortes, ni los abusos de los bancos y de los políticos, ni el desmantelamiento de servicios, ni la pérdida de derechos duramente conseguidos…
En un país en el que triunfan personajes como Belén Esteban, está todo perdido. España es un campo abonado para que germine la mayoría del PP, una ciénaga en la que se pudren las réplicas al poder, una marea creciente de desaliento.