29 de octubre de 2013

La caja que atonta

Leo los datos que facilita la periodista Mariola Cubells y se me altera el pulso. En España hay más de diecisiete millones de hogares en los que el único estímulo intelectual que reciben les llega a través de la tele.
Esos personajillos con escaso cerebro y menos escrúpulos que penetran en nuestras casas para mostrarnos sus vísceras o enseñarnos las de su vecino son los que triunfan, los que crean opinión. Aquí también incluyo a los tertulianos omnipresentes en programas que abarcan todo el espectro ideológico; aportando casi nada, se erigen en líderes intelectuales.
Todo lo que sale en la tele nos influye y nos afecta. La programación de la televisión pública debe ser informar, entretener y formar, ofreciendo un servicio público, con unos contenidos de calidad y una oferta variada que atraiga a la audiencia mayoritaria, sin recurrir a la banalidad, ni a la invasión del honor o de la intimidad de ningún personaje público o privado. Lo que debe ser figura en sus estatutos desde hace más de treinta años, pero se incumple sistemáticamente.
La información es un derecho que tenemos los ciudadanos. Sin ella no hay conocimiento libre ni pluralidad, nos faltan las herramientas necesarias para poder opinar, para que exista una opinión pública libre y el pluralismo político. Sin información sufrimos la pérdida de nuestra autonomía de pensamiento.