10 de septiembre de 2013

Una generación blanda

Los padres procuran el mayor bienestar posible para sus hijos. Una loable actitud que en los últimos tiempos ha llegado a alcanzar niveles excesivos. La denominada sobreprotección parental (overparenting) es cada vez más común y sus efectos a medio plazo resultan muy perjudiciales para el desarrollo emocional e intelectual del niño.
Los padres crían a sus hijos en un estado de indefensión e impotencia que les generará dificultades en la vida adulta, pues “carecerán de los recursos emocionales necesarios para hacer frente al fracaso por ellos mismos”, según advierte un grupo de investigadores de la Universidad de Queensland (Australia) en el estudio Can a parent do too much for their child?
La sobreprotección tampoco ayuda a disminuir las tasas de fracaso escolar, más bien al contrario, como relevaron los 128 profesores encuestados para la realización del informe. Una equivocación común es pensar que todo vale con tal de que los hijos obtengan buenas notas, incluyendo el plagio de trabajos, la realización de los deberes del niño… El fracaso (suspender un examen o tener que repetir una tarea hasta hacerla correctamente) es positivo porque el alumno aprende de sus propios errores, es cada vez más autosuficiente, ingenioso, competente y gana en confianza.
El mayor peligro de la sobreprotección es que mina la independencia y anula la capacidad de respuesta ante las dificultades que se presentan. Pero a los padres les resulta complicado asumir el fracaso de sus hijos sin intentar evitarlo. El sentimiento de culpabilidad y de corresponsabilidad se apodera de ellos con excesiva frecuencia.
La consecuencia de ser padres sobreprotectores es que los niños han dejado de asumir la responsabilidad de sus actos y las consecuencias naturales de estos. Ayudar al niño a que reflexione y darle solamente pistas para que él mismo encuentre sus propias respuestas es la forma más correcta de actuar y beneficia tanto a los niños como a los padres y profesores.