4 de septiembre de 2013

No es política, es poder

La política lo invade todo, está en todas partes y en todo momento. Hasta tal punto, que la vida es política avasalladora.

Tenemos unos políticos propensos al fanatismo más intolerante y sectario, que no admiten la discrepancia con sus ideas. Todo lo que hace o dice el contrario está mal por el mero hecho de provenir de un oponente y no porque sea intrínsecamente malo o censurable.

Pero lo peor que tienen los políticos es que con frecuencia olvidan su objetivo, que no es otro que el de servir al pueblo, trabajar por los ciudadanos. En lugar de eso, se esfuerzan en lograr el poder. Poder y política no son lo mismo, no hay política sin poder, pero sí poder sin política, aunque este poder sea miserable y desespere a los políticos, que en un mundo globalizado cada vez tienen menos poder real. Pero es igual, ellos siguen empecinados únicamente en él, en alcanzarlo, conservarlo y aumentarlo o recuperarlo. Así la política se convierte en un simulacro vergonzante.

Los políticos socavan la democracia y prostituyen la política con su afición al poder y para zafarse de las acusaciones ciudadanas, nos acusan de desprestigiar a la política cuando criticamos su nefasta gestión.