29 de agosto de 2013

Rajoy resistirá

Una, en su ingenuidad, piensa que quien llega a situarse al frente del gobierno de un país democrático debe cumplir ciertos requisitos. Mi cerebro, siempre racional y analítico, se muestra en ocasiones simplificador y es capaz de hacer razonamientos que la realidad demuestra equivocados. Por ejemplo, la persona que lidera un país como España tiene que descollar en algo, no puede ser un mindundi. Rige los destinos de 46 millones de personas y alguna cualidad excepcional ha de tener: inteligencia, carisma, empatía, capacidad de liderazgo, amplia cultura, aptitudes para la gestión y solución de problemas, saber comunicar… Mano de hierro, si me apuran.
Luego una ve las ruedas de prensa o las intervenciones en el Congreso de Mariano Rajoy y se le cae el cielo encima. El hombre que tiene en sus manos la vida de 46 millones de españoles es de mediana edad, pero parece un viejo cansado, sin energía y con cara de susto. Lee papeles para desmentir lo que dicen otros papeles que le tienen en jaque, a él y a toda su camarilla. Habla sin rubor ni vergüenza mientras anuncia los hachazos con los que ha previsto cortarnos el cuello, pero también baja la vista de tanto en tanto, porque le falta valor para mirar a la cara a un pueblo extenuado por la crisis, un pueblo y una crisis que le vienen muy grandes.
Quienes pusieron con su voto al señor Rajoy donde está, creyeron o confiaron, ignoro en qué porcentaje hicieron una u otra cosa, que sacaría al país del abismo negro en que se encuentra y tomaría el camino correcto para llevarnos al crecimiento económico y la estabilidad. Todos supusimos que Rajoy tenía una idea clara sobre lo que debe ser España y que sus esfuerzos y su trabajo servirían para acercar al país a esa idea, sin embargo, estamos constatando que Rajoy hace exactamente lo contrario a lo que se comprometió como Presidente.
Rajoy es, y conviene no olvidarlo, el sucesor de Aznar, ese señor con bigote y arrogancia que nos embarcó en la coalición de una guerra absurda. No fue escogido por ser el miembro del partido en mejor disposición para ganar unas elecciones, ni por sus cualidades como gestor osado, capaz de emprender profundas reformas ante el inminente estallido de la burbuja y la consiguiente crisis. Rajoy lleva toda su vida en el partido, tuvo su primer escaño autonómico antes de cumplir los 30 años, y ha ido ascendiendo de escalafón peldaño a peldaño y gracias a su afinidad con el superior jerárquico. No es más que un anodino afiliado que ha medrado porque ha sabido resistir. Y ahí está. No sabe gestionar de manera eficiente la “cosa” pública, carece de talento, de iniciativas, no asume riesgos. Rajoy es un mediocre que se aferra a su puesto incluso ahora, cuando causa un daño evidente a su partido y a España. Si para algo está capacitado de verdad es para mantenerse.
Aunque la presión social, mediática, judicial y de la oposición se incrementen, Rajoy aguantará. Mantendrá su máxima sobre la vida: resistir. Dispone de una mayoría absoluta y del poder suficiente para decidir sobre las carreras políticas de gente de su partido, es decir, librarse de los díscolos. Si dentro del PP se produjese una rebelión y no lograra ser tan importante como para forzar su dimisión pero sí para hacer ruido, el miedo a las consecuencias posteriores, electorales e internas, puede desintegrar parcialmente al partido. Si fuera del PP no hay vida, porque la oposición está desarbolada y sin fuerza para plantar cara. Si los ciudadanos seguimos agazapados y muertos de miedo. Si no se produce un milagro, Rajoy resistirá.