29 de mayo de 2013

LOMCE


La LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa) es el nombre de la penúltima reforma del sistema educativo español, porque esta que el ministro José Ignacio Wert ha impuesto (por Tutatis) durará lo que duré la mayoría absoluta del PP en el Congreso. Y van cinco desde que se aprobó la Constitución.
Puede que los alumnos no mejoren mucho su nivel académico con esta reforma, pero, al menos, tendrán su alma purificada y santificada gracias a las horas de rezo y doctrina que recibirán. Además, Wert persigue la excelencia, y cuando los alumnos la consigan, su espíritu aventurero les llevará fuera de España en busca de trabajo. También la financiación de la reforma nos obliga a pedigüeñarle a Europa doscientos millones de euros, porque la “broma” cuesta cuatrocientos y los pagaremos entre todos.
En lo que concierne a la universidad, un “comité de expertos” considera que podrá impartir docencia cualquiera que por su interés y prestigio merezca subir a la tarima; se propone que las Comunidades Autónomas puedan nombrar Rector a un gestor ajeno a la universidad, que será quien decida qué proyectos de investigación se apoyan por su rentabilidad económica.
LODE, LOGSE, LOE, LOU, LAU… Nos perdemos entre tantas siglas de reformas reformadas. Sin olvidarnos del Plan Bolonia, que se queda sin financiación con la excusa de la crisis y con unos resultados académicos penosos.
En los demás países europeos, el sistema educativo no se reinventa a cada dos por tres, mejoran el que tienen una vez detectadas las deficiencias, se adapta a los nuevos tiempos y evoluciona para formar mejor a sus ciudadanos. Pero España es diferente, para mal.