1 de abril de 2013

Chipre

En lo que va de crisis creemos que ya lo hemos visto todo. Pero la obstinación de las autoridades de Chipre para proteger su gran industria: los multimillonarios rusos que blanquean en la isla su dinero, y la ceguera e irresponsabilidad de los ministros de Economía de la Unión Europea, han propiciado un error mayúsculo: asaltar los depósitos bancarios. Lo que faltaba en este más difícil todavía en que se está convirtiendo esta historia para asustar a los ahorradores. Si un banco llega a la bancarrota, ¿qué ocurre con los ahorros? Es la perversa duda que un rescate mafiosamente gestionado acaba de plantear. Los 17.000 millones necesarios para la supervivencia chipriota parecen calderilla respecto a la potencia europea. Solo que alguien ha decidido realizar un experimento peligroso. La solución diseñada incluye la confiscación de parte de los depósitos bancarios de los ciudadanos. Y Alemania y sus socios leales del Norte, como los holandeses, avivan con gasolina un incendio cuando bendicen el mecanismo y quieren extenderlo, primero dijeron que el 2018, pero después hablaron del 2014, a otras situaciones similares. Con todas las rectificaciones y matizaciones posteriores que se quiera, la herida sangra porque este planteamiento rompe un principio sagrado: el de la inviolabilidad de los ahorros. Las entidades mal gestionadas deben hacer bancarrota, sin duda, como cualquier empresa. Los gestores pésimos o los accionistas y los especuladores que las conducen a la ruina también tienen que responsabilizarse de la carga del desastre económico que ya soportan los parados, los funcionarios, los jubilados, los enfermos, los estudiantes… Pero los bancos son el corazón del sistema, por más que la ingenua demagogia imperante pretenda quemarlos sin miramientos en la hoguera. Situarlos alegremente en la picota supone torpedear la esencia misma de la sociedad occidental. Y no hay motivos para tratar a los ahorradores como si fuesen arriesgados y codiciosos inversionistas: su motivación radica justo en lo contrario, la seguridad; o como un colectivo que ha de contribuir con su grano de arena a depurar los excesos, ya lo hace por otras vías con sus impuestos.
Superar este calvario se está convirtiendo en la más exigente prueba de resistencia. Como en un macabro túnel del terror, tras cada ventana de esperanza aparece en la oscuridad y en cualquier rincón otro monstruo horripilante. Extendiendo el pánico para mantener a los incumplidores a raya o haciéndonos trampas al solitario nunca tomaremos el camino que nos saque del túnel.