12 de marzo de 2013

Un pueblo sumiso

Los cristianos cargan con una herencia funesta. Es bien evidente que se puede obtener todo de un pueblo que, siguiendo los dictados de Pablo, piensa que ha de someterse a las autoridades temporales, aceptar sin quejarse la miseria y la pobreza, obedecer a los magistrados y funcionarios del imperio, evitar cualquier desobediencia temporal porque son como insultos e injurias a Dios, componérselas con la esclavitud, la alienación y las desigualdades sociales y diferir cualquier forma de felicidad a una vida posterior. Las escenas de martirios y persecuciones asumidas con gozo demuestran cómo la manipulación triunfa en favor de cualquier dictador oportunista que se lo proponga. Cualquier tirano advertirá de inmediato las ventajas de tener al rebaño cristiano de su parte: obediente, sometido al poder, sin protestar nunca, sin rebelarse jamás contra la autoridad.
 
Constantino lo vio claro, un pueblo que acepta dogmas sin rechistar, que no piensa, que calla y otorga, es perfecto. A Constantino le siguieron otros. A los de ahora los conocemos todos.