26 de marzo de 2013

Nos convierten en adictos a la comida basura



Michael Moss, ganador del premio Pulitzer en 2010 por una serie de reportajes de investigación sobre la cadena de fallos que provocó la comercialización de carne contaminada, vuelve a cargar contra las prácticas de la industria alimentaria en su último libro: Salt Sugar Fat: How the Food Giants Hooked Us (Sal, azúcar y grasas: cómo los gigantes de la alimentación nos han enganchado), denunciando las fórmulas químicas y los procesados a los que se someten los snacks y la comida rápida para que nos hagamos adictos a su consumo.

Tras varios años de estudios y una inversión económica considerable, la industria alimentaria ha alcanzado su objetivo: “Provocar unos efectos cerebrales mediante la ingesta de ciertos alimentos que nos enganchan a ellos, casi de la misma manera que lo hace la cocaína”, declara Moss. Los alimentos procesados no tienen como objetivo calmar el apetito, sino todo lo contrario: “Su procesamiento está pensado para lograr el vínculo perfecto entre el consumo de estos alimentos y la sensación de bienestar, al activar mecanismos cerebrales que nos hacen dependientes” y así aumentan los beneficios de las multinacionales de la alimentación.

Sal, azúcar y grasas son las tres sustancias indispensables en todos estos alimentos, cuya composición se ve alterada químicamente y su cantidad se adapta según el país y la edad de los consumidores objetivos. Moss denomina a estas fórmulas: el punto de la felicidad. No solo aumentan el riesgo de sufrir sobrepeso u obesidad, también incrementan las posibilidades de contraer diabetes, asma y hasta esclerosis múltiple, según los estudios de referencia que maneja el periodista. La sal, al igual que el azúcar, se refina para potenciar su sabor y acelerar su metabolización: “Una práctica que lleva más de dos décadas utilizándose para elaborar las patatas fritas, y el principal truco que las hace irresistibles”. El jarabe de maíz, alto en fructosa, como sustituto del azúcar, está incluido en la mayoría de estos productos. Se trata de una sustancia que desactiva la zona del cerebro encargada de regular el apetito, así se reducen los niveles de las hormonas de la saciedad y se experimenta más hambre.

Las sensaciones que provocan los alimentos y los sentidos que despiertan igualmente se controlan y manipulan por algunos fabricantes que Moss cita en su libro. Por ejemplo, para mejorar la sensación gustativa al masticar “se modifica la distribución y la forma de los glóbulos de grasa en los alimentos”. Así la grasa actúa sobre el nervio trigémino y envía esta información directamente al cerebro, de forma que lo engaña potenciando la sensación gustativa.

Las multinacionales de la alimentación a las que alude Moss han rebatido sus argumentos con estudios científicos y manifiestan que no existe ninguna evidencia de que sus alimentos produzcan adicción; asimismo alegan que no hay pruebas convincentes de que las personas con sobrepeso u obesidad sufran algún tipo de adicción a la comida.