13 de marzo de 2013

El lecho de Procustro



Recién implantada la democracia ateniense, el Areópago encargó a Procusto, miembro de la Academia, investigar empíricamente la igualdad entre los atenienses sirviéndose de instrumentos de medida psicométricos y fisiométricos. Procusto se puso manos a la obra y construyó como instrumento de medida su famoso lecho. Tras adaptar a todos los sujetos de investigación a este lecho estirando o acortando sus cuerpos, elevó a la Academia de las Ciencias de Atenas el siguiente comunicado, todos los atenienses son igual de grandes. Este resultado fue tan desconcertante para el Areópago como esclarecedor para nosotros, Procusto había malinterpretado la esencia de la democracia. Había creído que la igualdad política y la igualdad ante la ley se basaban en la igualdad de los hombres. Y como era un ferviente demócrata, eliminó sus diferencias.
 
Pero la democracia no supone la igualdad de los hombres, sino que ignora su desigualdad, es decir, no niega que haya diferencias de sexo, de nacimiento, de color de piel, de religión y de capacidades, sino que las vuelve indiferentes. De este modo desliga naturaleza humana y sociedad. La sociedad no es la continuación de la naturaleza humana, sino que aprovecha sus variaciones de forma selectiva. Precisamente porque la política hace abstracción de todas las diferencias naturales entre los individuos, estas pueden ser aprovechadas en otra parte, así, por ejemplo, la familia se funda en la diferencia entre el hombre y la mujer; y los sistemas educativos aprovechan las diferencias existentes entre las capacidades de los individuos.