27 de febrero de 2013

Descontrol

Ignoro si es una norma escrita, pero todo el mundo sabe que, en política, poder es sinónimo de control, de autoridad. Sin control todo se desmanda, sobreviene el caos. Por supuesto existen muchos tipos de control: desde el férreo y dictatorial hasta otros más moderados y deseables, pero no es de esto de lo que quiero hablar, sino de la monarquía.
Desde hace un tiempo, da la sensación de que el rey ha perdido el timón y no controla ni lo que ocurre en su casa. Urdangarín, Spottorno, García Revenga, Corinna o Cristina son pruebas de que don Juan Carlos está sobrepasado por los acontecimientos y, además, enfermo. Los asesores de su majestad tampoco ayudan a mejorar y aclarar el lodazal, porque, visto con los ojos del pueblo, existe descoordinación y desacierto a la hora de manejar esta complicada situación.
Hace unos días se habló de que la Casa Real contempla la posibilidad de una abdicación del rey a favor de su hijo, y se armó el revuelo. Estos temas sensibles provocan partidarios y detractores y consiguen que las lenguas se desaten y los ánimos se caldeen. De escuchar ambas posturas, he deducido que coinciden en algo: renunciar ahora, con la que está cayendo, podría interpretarse como aceptar la derrota y tirar la toalla; habría que elegir otro momento y una salida más honrosa.
Dicen quienes le conocen que el rey no abdicará, que seguirá en su puesto hasta el final. Pues bien, si esta es la realidad y no queda otro remedio que aguantar hasta el final a este monarca, al menos que se abra un nuevo debate, y el debate no es otro que plantearle al pueblo soberano la idoneidad de mantener una institución que no nos representa a todos. La historia requiere otros modos de gobierno más modernos y actuales, acordes con la realidad del siglo XXI y no con la de hace diez siglos.