21 de enero de 2013

Suicidio

Desde hace un tiempo pienso en el suicidio, esa puerta falsa que abrevia el tránsito por este valle de lágrimas, mal llamado vida. No es lo mismo querer morir que no tener nada por lo que vivir, decía Marilyn Manson. No es lo mismo querer morir que querer matarse, dijo otro con no menos razón. Y ahora que con la crisis nos sobran motivos para querer marcharnos, la sociedad empieza a mirar de frente al suicida, a entender sus motivos.
Tenemos el recuerdo del primer hombre al que suicidaron: Jesucristo, él no buscaba la muerte, pero su padre quiso que se inmolara en un ritual que los cristianos conmemoran cada año. “Hágase tu voluntad y no la mía”, se resignó Jesucristo cuando estaba en la cruz, y eligió la muerte. Desde entonces, el suicida ha estado mal visto. Toleramos otras cosas: la dominación del débil, la rivalidad cavernícola, la guerra, el genocidio, la tortura, el terrorismo, la violación, las ejecuciones, el acoso, la explotación, la pederastia…, pero no el suicidio. El suicidio no lo aceptamos, es un tabú omnímodo.
Tal vez los deseos de morir laten ahí, en nuestro subconsciente más inconsciente. Nos seducen, nos inquietan, nos atormentan, nos parecen la mejor solución cuando todo se tuerce y vivir es un terror sin tregua, sin refugio y sin alivio.
La muerte a libertad propia debería figurar en la declaración universal de derechos humanos. Elegir la muerte en el tiempo oportuno, con la mente clara y el ánimo sereno, cuando ya no existe posibilidad de vivir dignamente, no es algo vergonzante que deba prohibirse. Ahora la crisis aterra a una sociedad muerta de miedo e incapaz de tomar decisiones. La crisis quizá nos obligue a ejecutarnos. Y esta salida es digna para quien vive en el sufrimiento infinito de su calamidad, que ya no tiene fin ni paliativos, porque la vida, a veces, llega a ser insoportable, invivible.
No todos tenemos madera de mártir para arder en la pira del infortunio y soportar cualquier cosa con fe, por eso no podemos criticar al que emprende viaje por su cuenta, huyendo de sí mismo, de los demás, de todo y busca en la muerte el descanso, el fin a sus males.

1 comentario:

Toy folloso dijo...

En las funerarias deberías poder elegir el ataúd, "habitarlo", tomar tu pastillita letal y ya no salir de allí en toda la eternidad.
Y no como ahora, que debes romper la tapa del cableado de una farola, meter mano allí dentro y dejar el barrio a oscuras....

Que el otrora rey de las mariscadas no tiene porqué ahora rebuscar en los contenedores.