30 de enero de 2013

Lacras

La Constitución española actual nació lacrada con ciertos condicionantes franquistas que, a estas alturas, sería bueno erradicar. Se mantuvo el Concordato con el Estado Vaticano en relación con los límites de la confesionalidad del Estado, un sistema electoral que impone límites al sistema representativo y al federalismo y una forma de Estado blindada como es la Monarquía Constitucional o parlamentaria. De estas prebendas con que la derecha pretendía mantener su hegemonía, también en la democracia, quizás la que más nos ha perjudicado y perjudica todavía es la atribución de un número de escaños por provincia y la primacía de la gobernabilidad sobre el principio representativo, algo que beneficia a los partidos mayoritarios en detrimento de otras opciones de ámbito estatal. Un modelo electoral que favorece el bipartidismo, la polarización entre derecha e izquierda, que excluye otros planteamientos que nos sacarían de la alternancia sin valor proporcional ni representativo, no debería estar vigente. Cada persona un voto es el principio democrático que se incumple en España, dando lugar a una perversión que permite que algunos partidos con mayor número de votos tengan menor número de diputados y que nos condena a sufrir siempre a los mismos partidos, ya sea en el gobierno o en la oposición.