25 de enero de 2013

El timo de los cosméticos

 
La industria cosmética se ha cimentado sobre una mentira, la de hacer creer al público que la eficacia de sus productos tiene una base científica, y se sustenta gracias a un hábil marketing que oculta el engaño.
Todas las cremas funcionan igual: mantienen la piel suave porque reducen la evaporación en la epidermis. Una crema hidratante de 5 euros resulta tan eficaz como la “mágica alquimia de París” que cuesta 500 euros. Si me apuran, un vaso de agua hidrata más que la más cara de las cremas. Algo parecido ocurre con los tratamientos antiarrugas. Una crema antiarrugas es una crema hidratante a la que se le han añadido proteínas vegetales. Esas proteínas son cadenas de aminoácidos muy largas que se estiran mientras están rodeadas de crema. Cuando la crema se seca en la piel, las cadenas de aminoácidos se contraen y la tensan, por eso reducen temporalmente las arrugas. Así funciona el antiarrugas más caro y el más barato.
Las micro partículas de retinol base y colágeno enriquecido con nutrium y polvo de oro es solo un nombre rimbombante con el que las empresas de cosméticos intentan hacernos creer que sus productos son fruto de investigaciones de vanguardia. Pero estos supuestos estudios no se publican en ninguna revista científica, no superan los mínimos criterios que requiere el método científico para que sean validados. Para que se apruebe la comercialización de un cosmético únicamente ha de demostrar que no perjudica la salud, no que cumple las promesas que ofrece en su publicidad, una premisa básica que debe cumplir cualquier medicamento.
Por qué no se denuncia esta publicidad engañosa, se preguntarán ustedes. Pues porque la multimillonaria industria de cosméticos puede pagarse los mejores abogados para defender su causa y porque, aunque no diga la verdad, técnicamente, no miente. La baba de caracol, el veneno de serpiente, el caviar, el oro, el polvo de diamantes o los filamentos de ADN son algunos de los ingredientes reclamo para la cosmética. No está demostrado que la baba de caracol sea sintetizada por el organismo humano, ni que despliegue en la piel todas las bondades que se le adjudican. Tampoco queda clara la función anti envejecimiento del ADN del melocotón. El ADN contiene información genética propia de cada individuo y si nuestra piel entrase en contacto con un ADN ajeno, sus mecanismos de defensa lo degradarían, neutralizando sus efectos, por lo que esta crema sería inútil. Tan inútil como todas esas cremas en las que el envase nos anuncia: protege, unifica, hidrata, revitaliza, regenera, nutre, depigmenta, ilumina, rejuvenece…