3 de diciembre de 2012

Renuncia a la cultura

Puede que usted, personalmente, no, pero sabemos por los detallados sondeos estadísticos sobre la asistencia al teatro y la compra de libros que una gran mayoría prefiere ver a Ronaldo antes que a Shakespeare. ¿A quién le vamos a impedir que prefiera una doble hamburguesa con patatas fritas a un menú de Bocuse?
 
No hay ninguna ley que castigue por no participar del diálogo de la civilización. Es un viejo principio del derecho: “Aquél que se perjudique inintencionadamente a sí mismo –por ejemplo, el padre que atropella por error a su propio hijo- no recibirá un castigo adicional”. De la misma manera, cualquiera puede alejarse de la cultura sin ser perseguido por ello, ya que es él mismo el que sufre el perjuicio. Este es el caso de un espectador que, en la representación de una comedia, rodeado de gente que ríe a carcajadas, permanece serio porque no entiende los chistes o no capta la ironía. Se mueve en su propia cultura como un extranjero. No entiende su lengua, como quien ha renunciado a su herencia, se ha negado a conocer los pensamientos más elevados y la poesía más embriagadora. Ha renunciado voluntariamente al mayor sentimiento de felicidad, esto es, leer las ideas creativas de los genios.