12 de diciembre de 2012

Reformas sin trabajo



El gravísimo problema del desempleo, que de forma alarmante afecta a nuestra sociedad y sin cuya solución es inconcebible que se logren resolver otros problemas derivados como: impago de hipotecas, créditos, alquileres, impuestos, atonía del comercio, etc., pone de manifiesto la insuficiencia de los recursos públicos destinados a las personas, a las familias afectadas por la pérdida de su puesto de trabajo.
El trabajo como forma de ganarse la vida, vínculo con la sociedad y punto de referencia social mediante el cual nos situamos en el mundo, es un bien necesario e imprescindible que requiere el compromiso de todos para evitar la crisis social, que ya es mucho más grave que la crisis económica tras cinco años de temores, empobrecimiento e insolidaridad. De nada sirven las grandes ideas y proyectos si previamente no se ha erradicado el drama del paro, se promueve un trabajo digno y se acaba con la precariedad, dándole valor y dignidad a la persona, en vez de al dinero y la economía financiera.
El miedo a perder el empleo, la caída de tantísimas familias en los límites, o abiertamente, en la pobreza, la afición a recortar drásticamente los servicios públicos imprescindibles como la educación, la sanidad, los servicios sociales, incluyendo subsidios por desempleo y pensiones, anuncian, más allá de la crisis económica, una preocupante e inevitable crisis social de consecuencias graves e imprevisibles.
La supresión de muchas de las conquistas del estado de bienestar, origen y fundamento de los derechos humanos y de los derechos sociales debería preocupar igualmente a los responsables sociales, a los poderes fácticos, políticos y económicos. Una sociedad que no sabe preservar la dignidad de sus pobres, difícilmente logrará preservar la seguridad de sus ricos.