19 de diciembre de 2012

Más justicia social

Maratones solidarios, bancos de alimentos, recogidas de juguetes… Las iniciativas solidarias para combatir la pobreza son muy loables, es algo que no puede negarse, pero son a la vez una trampa, a través de la cual la sociedad puede expresar su generosidad y su bondad. Lo que hace falta es menos caridad y mayor justicia social.
Con las campañas solidarias no se está resolviendo ningún problema, no se está recuperando ningún derecho, no se acortan las filas en los hospitales, no se solventa la situación de los discapacitados y dependientes, no se le soluciona la vida a los desahuciados, desempleados… Se recoge dinero o productos que van a parar a los más necesitados. Pero ¿cuál es la línea que separa a los necesitados del resto?, ¿qué la marca? ¿Es necesitado quien carece de un puesto de trabajo? ¿Y el que ha de soportar el despotismo de un amo? ¿Es necesitado el que carece de un techo? ¿Y el que sufre las cláusulas abusivas de una hipoteca para financiar su vivienda?
Los actos caritativos sirven para poner parches. Pero hay más. La gente que contribuye un día a luchar contra la miseria puede pensar que ya ha cumplido, que ha hecho lo que se espera de ella, que es solidaria. Sin embargo, un donativo por Navidad o para atender a cualquier llamamiento solo sirve para remendar un enorme descosido.
Mejor que la caridad es la fraternidad, que se ejerce en el lugar de trabajo, en la calle cuando toca movilizarse, en las asociaciones de vecinos, en los sindicatos, en las urnas, votando a los partidos que propugnan y defienden la igualdad de derechos y deberes. Por el camino de la caridad se llega enseguida a los voluntarios. En una sociedad de bandoleros, como la nuestra, los voluntarios sustituyen a trabajadores remunerados. Claro que nadie se atrevería a cuestionar el valor y la generosidad de aquellos que en su tiempo libre se dedican a ayudar a los demás. Pero mientras el voluntariado crece, desaparecen empleos. De ahí la necesidad de distinguir entre caridad y justicia. La caridad es libre y entra dentro de la conciencia de cada uno; la justicia, en cambio, es la obligación ética y moral de cualquier país que se declare mínimamente democrático.