2 de noviembre de 2012

La voz del oráculo

Moodys, Fitch y Standard & Poors son el oráculo supremo de las agencias de calificación de riesgo. Profetas anglosajones que iluminan con su luz el tenebroso mar de las finanzas. No obligan a nadie, pero todo el mundo sigue al dictado sus palabras.
Cuando el gestor de un fondo de inversión duda sobre si comprar bonos de una empresa que no conoce de nada, recurre al oráculo para que le diga si es completamente seguro. Y la agencia califica. En lo más alto de la escala, la famosa triple A: superseguridad. En lo más bajo, el bono basura: vale más que apueste su dinero en el casino.
¿Por qué los inversores les hacen caso? No están obligados a ello, pero existen por lo menos dos razones. Una, se les otorga credibilidad ya que, supuestamente, saben de qué opinan. Dos, el operador de inversiones que mete las cuatro patas siguiendo sus consejos queda más o menos exculpado del fiasco, pues todos los demás operadores habrían hecho lo mismo. Lo bueno del asunto es que estos oráculos han cometido ya tantos errores que cuesta entender porqué conservan todavía tanta influencia. No solo no olieron el olor a podrido de las hipoteca basura y los activos que las rodeaban, sino que les concedieron durante mucho tiempo las máximas calificaciones, propiciando que el mundo entero se intoxicara.
Circulaba la sospecha de que la miopía de las agencias no era casual y que tendían a mejorar la nota de sus mejores clientes. Ahora disponemos de la certeza, confirmada por el estudio de miles de casos. Los han realizado economistas del Banco Central Europeo y la institución lo ha publicado. En síntesis, señala que las tres sociedades tienen la visión sesgada, al menos por dos razones. Una, la medida: la dimensión de la sociedad emisora añade puntos a la nota de sus emisiones. Dos, la condición del cliente. Las corporaciones que contratan a las mencionadas agencias para valorar sus productos financieros son mejor calificadas. No son intuiciones, es el resultado de examinar 38.753 calificaciones de bancos de Estados Unidos y Europa entre 1990 y 2011. La denominación suave es “conflicto de intereses”. Aunque la palabra que define esta actuación sea: soborno. Invertir el dinero en Lehman Brothers era lo más seguro del mundo hasta casi el día de la quiebra, según el criterio de estos calificadores. Si un patinazo de esta envergadura no les llevó a cerrar el chiringuito y retirarse a un monasterio, tampoco lo harán estas últimas revelaciones.
Sabiendo lo que sabemos, ¿no deberían ignorar siempre los mercados la voz de estos oráculos? El problema es la falta de alternativas. No nos engañemos, las que se quieren impulsar desde los gobiernos, Europa, ahora China, nacerán sin credibilidad. ¿Quién se fía a estas alturas del honrado criterio de alguna institución política?