Ciudadano


“El hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive encadenado en todas partes”. Así empieza “El contrato social” de Rousseau. Estas palabras fueron el redoble de tambor que anunciaba la Revolución Francesa. El espectáculo comenzó en los jardines del Palacio Real: un ciudadano de París describe a sus oyentes un futuro de brillantes colores. El orador habla de la libertad, igualdad y fraternidad. También se refiere al fin de la monarquía en Europa y anuncia que pronto el Estado será dirigido por el pueblo. Quien así habla, con toda seguridad había leído a Rousseau. De pronto, saca un par de pistolas, dispara al aire y grita: “¡A las armas!” El pueblo de París se aglomera y asalta la Bastilla, la cárcel de presos políticos y símbolo de la ausencia de libertad política. Es el 14 de julio de 1789. Cinco años más tarde, y por segunda vez en la historia de Europa, el pueblo ejecuta a su rey, Luis XVI. ¡El rey ha muerto! ¡Viva el nuevo hombre de la república! Había nacido el ciudadano, soberano y súbdito a la vez.

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