Volvamos la vista atrás para mirar el futuro


Volvamos la vista atrás. Miremos hacia los años noventa: prosperidad económica, avance neoliberal sin precedentes, Estado del Bienestar, Unión Europea, un mundo sin 11-S ni terrorismo global, sin rojos… Resumiendo, el mejor mundo posible en el horizonte. ¿Así de bonito?
Una vez más, la Historia se ha ocupado de poner las esperanzas de la humanidad en su sitio: el cubo de la basura. Se trata de una sociedad frágil que tiene una abominable tendencia al retroceso en conquistas sociales y que pierde progresos morales que parecían incuestionables.
La utopía nos había alejado de los temores comunistas y de la sombra gangrenada de la II Guerra Mundial. Pero vivir en Utopía y la supuesta democratización del mundo, no acaban de sosegar el espíritu del hombre occidental.
Las estructuras sociales sufren nuevas y peligrosas mutaciones. La colectividad y la supuesta pertenencia a una comunidad: familiar, laboral o política, queda reducida a individuos solitarios que habitan un relativo bienestar material, pero con una manifiesta ausencia de brújula moral. La comunidad aporta un orden, una jerarquía de valores establece las limitaciones que nos proporcionan seguridad ante el hostil mundo exterior. En las relaciones afectivas, muere la fidelidad y los divorcios aumentan cada año. Los políticos se someten a los mercados y les rinden pleitesía. La publicidad fomenta el consumismo y el individualismo es el leitmotiv de nuestra existencia.
Fuimos libres. Podíamos hacer lo que quisiéramos. Aislados y alienados. Sepultados en la mediocridad de lo vulgar, dejamos de buscar un futuro porque no había vida ulterior ni mundos mejores esperando a la vuelta de la esquina.
La crisis ha emergido de las catatumbas del declive moral de la sociedad contemporánea. No hay reacciones al desánimo generalizado. Nadie plantea una respuesta ni ofrece una solución satisfactoria ante el panorama desolador incrustado en nuestras almas.
Adoptamos, quizá, la posición más cómoda: nos sentamos a ver cómo naufraga la moral moderna. No queremos intervenir. No hay alternativas ante los deseos que no podrán consumarse. No hay amor en el que creer. No hay nada que “cultivar” para disfrutarlo en el futuro. Pero, a pesar de todo, tenemos que seguir viviendo, aunque nuestro destino sea un callejón sin salida.

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