4 de julio de 2012

Viva la fiesta

Pocas cosas habrá con tanta antigüedad como la fiesta. Los testimonios de la Prehistoria, las artes plásticas de cualquier época, los estudios etnológicos, los recuerdos ancestrales, todo nos lleva a afirmar que la fiesta arraigó con fuerza en la misma naturaleza humana. Una conmemoración, una solemnidad, un suceso son motivos suficientes para organizar una fiesta, una celebración colectiva. Pagana o religiosa, opulenta o sencilla, pero siempre participada, la fiesta crea cohesión social.

En los años 40 España vivía una posguerra difícil, con dificultades de toda índole, pero la gente se resistía a enterrar el espíritu de la fiesta y fue restaurando las fiestas de barrio, aquellas que se celebraban antes de la guerra. Numerosas calles se ponían en pie de fiesta para engalanarse de todos los colores, excepto el gris y el negro, iluminarse con dos o tres bombillas extra, contratar a unos músicos y abrir la diversión para todos los públicos y un paréntesis entre las penurias. Era la alegría de los reencuentros y de las identificaciones cívicas. Cada fiesta de calle significaba la movilización de unos voluntarios para organizarla, y sin necesidad de que hubiera una subvención oficial. Quizás esta sea una prueba de que la sociedad civil puede resistir si tiene voluntarios.

La referencia de los años 40, pobres, paupérrimos, no pretende ser una comparación con los tiempos actuales, de tremendas dificultades económicas. El recuerdo se debe tomar como una vista al pasado, un recorrido en el tiempo que muestra la clara voluntad de diversión que tenemos todos. Ahora no habrá dinero, pero la imaginación nos llevará a mantener la fiesta como elemento esencial en nuestras vidas.