Maestro

El reencuentro con el mejor maestro de tu adolescencia no es simplemente un reencuentro, sino un día más de clase, un regalo inesperado, una lección extra que te obliga a abrir de nuevo el libro de tu vida justo en el instante anterior a salir a la pizarra (vulgo palestra). El mejor maestro de tu vida solo puede serlo al cabo de los años, porque mientras te impartía las clases te enseñó el valor y la importancia de ser crítico con la sociedad y, antes que nada, con uno mismo. Es fantástico reencontrarse y comprobar que el paréntesis de la distancia no debilita el afecto sincero, pero en especial, es fantástico demostrarle que continúas aceptando el papel de discípulo permanente porque tuviste la suerte de tener excelentes maestros que te enseñaron a respetarlos.

Los maestros deben enseñar a los alumnos a hacerse adultos, a tener ideas propias y, sobre todo, a saber defenderlas. Entonces recuerdas con gratitud que en aquella aula del colegio Cándido Domingo de Zaragoza, no solo me enseñó gramática y literatura, me ayudó a crecer y, seguramente, sin proponérselo, me enseñó a ser como él.

A don Jesús Arrazola. Llegó el día de darle las gracias.

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