1 de junio de 2012

Carta del jefe Seattle al hombre blanco

Cuando en 1855 Seattle, jefe de la tribu de los suwamish, escuchó del hombre blanco la propuesta de comprar el territorio en el que vivía su pueblo, se fue solo a meditar. Al finalizar el día, mientras contemplaba las amplias praderas en la que pastaban pacíficamente los búfalos, escribió una larga carta con un mensaje dirigido al entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Pierce. Su mensaje llega hoy a todas las personas que habitamos la Tierra. El líder suwamish escribió:

¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento o el calor de la tierra? […] Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrían ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo […] Somos parte de la tierra y, asimismo, ella es parte de nosotros. El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Los ríos son nuestros 109 hermanos, porque sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son suyos […] Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y, una vez conquistada, sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Les secuestra la tierra a sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su padre, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás un desierto […] Todo lo que le ocurra a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no teje la trama de la vida: él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo […] También los blancos se extinguirán, quizá antes que las otras tribus. Contaminan sus lechos y una noche aparecerán ahogados en sus propios residuos. Soy un salvaje y nada entiendo. Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria. Este destino es misterioso para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos del bosque con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. ¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desaparecida. Así se acaba la vida, empezamos a sobrevivir.

Ciento cincuenta años después, la carta del pueblo suwamish está más viva que nunca. La urbanización a ultranza, la contaminación, la mala gestión de los recursos naturales, la deforestación incontrolada, nos demuestran cuánta razón tenía. La Revolución industrial nos hizo creer que la evolución humana y la idea de progreso estaban ligadas al bienestar económico a cualquier precio. Los recursos naturales (flora, fauna, agua, minerales, suelo, atmósfera) empezaron a ser considerados como capital, como bienes que pueden transformarse y venderse. Nos creíamos por encima de la naturaleza sin tener en cuenta las consecuencias de la explotación ilimitada de explotar los recursos de la tierra.