3 de mayo de 2012

Lo que importa es la compañía

En tiempos de sofisticación culinaria y calidad excelsa; en tiempos de cocineros de élite y restaurantes de ocho estrellas, permítanme que haga un elogio de la cocina casera, de la de siempre. Mi madre aprendió a cocinar tomando recetas de su madre, de su tía y de otras mujeres que frecuentaba. Sus guisos eran sencillos, económicos, de acabarse todo el plato y de aprovechar el sobrante para hacer canelones, croquetas, empanadillas o una sopa. Detrás de cada plato, en la memoria, hay días de lluvia que huelen a caldo caliente, domingos con aroma a pollo asado con limón, festividades que guardan esencias de vainilla y canela. Mi madre servía los platos y aguardaba expectante el veredicto de los comensales, luego se sentaba y comíamos explicando las incidencias de la mañana, los planes para esa tarde.

No hay mayor placer que encontrar en las cosas belleza y utilidad a un tiempo. La belleza en este caso no es estética ni superficial, se siente en el corazón, en lo profundo del alma. Hay platos especiales que llegan a mi memoria asociados a historias, a momentos compartidos, a situaciones concretas. ¿Existe un tesoro más grande que la familia, los amigos, la gente que quieres? Dicen que uno es lo que come. Quizás. No sé. Lo que puedo afirmar es que a la hora de comer son más importantes la compañía y la conversación que la comida. En la cocina tradicional lo esencial no es qué se come ni dónde, sino con quién se comparte mesa.