Lo bueno de la crisis

La crisis ha llegado para quedarse enganchada a nuestro bolsillo como una garrapata. Adiós al chándal de Loewe para ir a comprar el periódico el domingo por la mañana. Adiós al adosado y al todoterreno. Adiós a las vacaciones en Playa Bávaro y al SPA para recuperarnos del estrés postvacacional. Adiós a las cenas en el restaurante de moda. Adiós a la vida, al menos a la vida que conocíamos hasta ahora.

Han pasado cuatro años desde el crac, tiempo suficiente para hacernos a la idea de que somos pobres, tiempo para comprender que la crisis no se solventará ni a corto ni a medio plazo. Una vez asumida la realidad, solo queda amoldarse al nuevo estatus y, por descontado, ver su parte positiva. Hoy valoramos más las cosas que no dependen del dinero: la amistad, el amor, la familia, la salud. Además, y aunque sea a la fuerza, tenemos que acostumbrarnos a realizar un consumo responsable y a mirar en qué nos gastamos cada céntimo.

Resumiendo, nada es lo que era. Cuando vivíamos con desahogo y caíamos fácilmente en el derroche. Hemos tenido que volver a las cosas simples y accesibles. Resignémonos y seamos felices: el destino reparte las cartas, pero somos nosotros los que jugamos.

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