Hacerse a la idea

Los Presupuestos Generales son la penitencia que pagamos los españoles por haber vivido muy por encima de nuestras posibilidades. Ahora estamos arruinados y no queda otro remedio que reflexionar serenamente sobre cómo hemos llegado hasta aquí para poder encauzar debidamente nuestras conductas y aspiraciones. Vivimos una segunda recesión y la deflación se anuncia prolongada. Hay que enmendar muchos excesos y para ello será imprescindible que cambiemos de hábitos y de actitud.

El Gobierno ha hecho un diagnóstico de los males que padece nuestra sociedad: seguimos endeudándonos, el desempleo aumenta, el año terminará con una fuerte contracción del PIB y difícilmente se logrará rebajar el déficit público al nivel que exige la Unión Europea. Pero aún quedan incógnitas por resolver: ¿Se ha liberalizado a fondo el mercado de trabajo o solo se ha hecho un intento por modernizarlo, algo que es muy loable, pero que dista de ser la reforma estructural requerida? ¿Es suficiente la exigencia de solvencia de la reforma financiera? Ojo a este dato porque los analistas sospechan que los balances de la banca española no reflejan el nivel real de las pérdidas que se están produciendo. Otras cuestiones que preocupan a los analistas son las duplicidades en las Administraciones públicas y la dificultad de controlar el desembolso de 17 gobiernos autonómicos y de más de 8.000 corporaciones locales.

Al ciudadano de a pie le cuesta hacerse a la idea, asumir una verdad atroz: España ha dejado de ser un país próspero y no puede permitirse el mantenimiento de las actuales prestaciones sociales. El estado del bienestar ha terminado, está kaputt. Aceptar la evidencia no debería ser tan difícil. Basta con ver el descuadre de las cuentas públicas y con echar una mirada a nuestro alrededor: Irlanda, Grecia y Portugal. O te convences tú solo o te convencen por la fuerza. Toca apretarse el cinturón hasta asfixiarse con él. La clase media ya no existe, es historia, vuelve a ser proletariado.

Cuanto antes asumamos la realidad, antes nos pondremos en marcha, incluso es posible que recuperemos el espíritu emprendedor de antaño. En estos días de crisis hay que sustituir la indignación por la creatividad. Pensar y no embestir, que diría Ortega.

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