Campos de concentración nazis

Si bien todo campo de concentración es por definición un espacio de negación de la justicia y otros valores humanos, fue precisamente bajo el Nazismo cuando se llevó al máximo esa definición. Primero bajo la tutela de las SA (camisas pardas) y luego de las SS (camisas negras), una serie de principios básicos de humanidad fueron demolidos uno a uno. Uno de los postulados básicos del individualismo es que la persona sea responsable de las consecuencias de sus actos. Pero con los nazis, el prisionero pagaba culpas ajenas y cualquier acción individual era fuertemente castigada repercutiendo en el grupo. Por lo tanto, el prisionero tenía todos los incentivos para fusionarse con el colectivo y tratar de hacer invisible su presencia en el lugar. Ningún gesto, mirada o necesidad individual podía ser expresada sin un castigo o censura por parte de los guardias o los propios compañeros de encarcelamiento. La única forma de escapar, aunque fuera temporalmente, a la dureza del trato, era volverse cómplice de los captores y administrar los castigos y torturas. Pero esa excepción era temporal. No estaba permitido que el prisionero tomara forma y expresión individuales. De haber sido así, sencillamente no se explicaría que aunque débiles y malnutridos, decenas de miles de prisioneros que superaban en 200 a 1 a los guardias, se doblegasen ante el terror colaborando pasivamente con su inminente exterminio.

Los campos de concentración nazis fueron laboratorios humanos. En ellos se demostró hasta qué grado el ser humano era capaz de volverse inhumano. Hasta qué grado puede negarse la propia individualidad, hasta que punto uno puede ejecutar acciones malévolas (pasar de victima a verdugo) y hasta qué nivel se puede atentar contra la dignidad de la persona. Si hay algo terrible que no se ha señalado, es que los nazis siguieron una estructura extremadamente precisa y perversa en su plan de destrucción del prisionero. Eran frecuentes las órdenes y contraórdenes así como los castigos y señales confusas, con el objeto de disociar en la mente de la víctima la causa con el efecto. Es precisamente ese elemento el más perturbador de todos. Si el ser humano no es capaz de comprender por qué ocurren cosas así, parece todo una burla metafísica del destino, donde los inocentes pagan por los culpables, donde el propio mérito no determina los resultados en la vida y donde la virtud y el vicio se confunden para negar todo concepto del bien y el mal. Para que el hombre sea hombre, debe poder relacionarse sanamente con la realidad a través de la razón. Debe percibirla, identificarla y entender las consecuencias directas de las acciones propias y ajenas. De lo contrario, estará viviendo en un universo sin sentido, sin justicia. Y eso es filosóficamente lo más propicio para cualquier tiranía totalitaria: desarmar al ser humano ante la realidad.

Lo que sucedió en Alemania a escala general, se dio en Auschwitz en particular. La negación del individualismo (justicia, responsabilidad, dignidad, búsqueda de la propia felicidad) a favor del colectivismo no puede si no llevar al desastre.

El holocausto nazi es la consecuencia directa de la aplicación de ciertas ideas: las ideas antioccidentales. Si el ser humano quiere que la justicia, y el respeto a la vida que de ella deriva, prime en sociedad, debe entender que la razón es el atributo que permite concebir y aplicar la justicia. Sin el uso activo de la razón el ser humano degenera en brutalidad primitiva, y cualquier conflicto entre sujetos se resuelve finalmente por la fuerza, a favor del más fuerte. El Nazismo no es solo una excepción histórica pintoresca y detestable, es el llevar a un grado coherente las ideas que mucha gente ha aceptado desde hace algunas generaciones. Difícilmente somos inmunes a nuevos problemas similares si conservamos las raíces que los permiten.

Negar la razón como atributo individual, negar la realidad y nuestra capacidad de percibirla, negar el principio de causa y efecto en nuestra comprensión del universo y la sociedad sólo puede tener resultados como esos. La mansedumbre y lo que ella permite son imposibles cuando los individuos están conscientes de sus atributos individuales de razón y existencia individuales. El antídoto para las ideas totalitarias, es el ideario de la libertad, es decir de la justicia, la razón, los derechos individuales y la búsqueda de la propia felicidad. Si algo debemos aprender sobre el fenómeno Nazi y sobre Auschwitz en particular, es que las ideas tienen consecuencias. Y las ideas colectivistas tienen consecuencias nefastas para la vida humana.







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