27 de marzo de 2012

Inmersión lingüística

Cuando el modelo de inmersión lingüística catalán se daba casi por judicialmente muerto, el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya lo ha salvado, hasta la próxima vez. Ahora, después de años en funcionamiento, cabe preguntarse si este modelo ha resultado ser el más acertado.

Mi opinión subjetiva, parcial y limitada por mi propia experiencia como catalanoparlante es la siguiente. Si con este modelo se pretendía normalizar el uso del catalán, hacer que recuperase su espacio en la sociedad siendo su uso público masivo, me temo que ha fracasado. La normalització lingüística no se ha conseguido ni tan solo en el ámbito escolar. Se ha creado una doble realidad o una versión oficial y otra cierta, si lo prefieren. La versión oficial se encuentra avalada por todo tipo de encuestas, a las que se responde siempre del modo política y laboralmente correcto. Cierta es la que se constata en la calle: el castellano es la lengua dominante entre el alumnado, tanto del nacido en Cataluña de padres castellanoparlantes, como de los alumnos de origen extranjero y también de los catalanes, que deben utilizar esta lengua para entenderse con sus compañeros. El catalán es, oficialmente, la lengua en la que se dirigen los profesores a sus alumnos, pero lo cierto es que han de cambiarla en muchos momentos de la comunicación, cuando se dirigen a un alumno castellanoparlante o incluso al dar clase.

Castellanoparlantes de tercera generación continúan usando siempre el español, en cualquier situación. Es una especie de resistencia pasiva a manifestarse en catalán, cuando pueden entender, hablar y leer en esta lengua. Pero es que la imposición subrepticia llevada a cabo desde los diversos organismos de la Generalitat, produce enconado rechazo en algunos. Existe otro sector de población que ve cómo el catalán ha perdido su qué, ya no es una lengua perseguida y marginada, símbolo de la libertad y de la identidad de un pueblo, es un idioma más a estudiar y con poca aceptación fuera de las fronteras catalanas. También existen los defensores acérrimos, esos que a la menor oportunidad manifiestan orgullosos que mientras ellos vivan, el catalán no morirá.

Yo estudié catalán forzada por las circunstancias. Al principio me enfadó mucho tener que interrumpir mi carrera universitaria para poder asistir a clase y enterarme de qué hablaban, luego necesité dominarlo para acceder a un empleo. Me molestaba la etiqueta de “castellana” que me colgaron, hasta que mi acento forano se esfumó. Muchos de mis compañeros “castellanos” se rindieron y abandonaron las clases. Yo seguí curso tras curso, hasta lograr mi título, y no me arrepiento. El catalán me gusta y no me resultó complicado su aprendizaje, quizás me ayudara tener una base de latín. El caso es que puedo entender a unos y a otros, a defensores y detractores, no del catalán, sino de la forma en que se ha implantado. La Generalitat ha obviado que no se puede obligar a pensar en una determinada lengua por decreto, que cada cual lo hace en su lengua materna, esa lengua, no elegida, que nos enseñaron de pequeños, con la que balbuceamos nuestras primeras palabras y con la que nuestro cerebro se aviene mejor. El resto es política, estadísticas, visiones sesgadas y actuaciones poco acertadas.



2 comentarios:

Toy folloso dijo...

Lo has calcado.
Un día todo el mundo hablará inglés, pero si se hicieran las cosas bien, eso tardaría mucho en ocurrir.
La rotulación obligatoria sí ha surtido efecto, de todas maneras.
Es mejor conocer tres idiomas que dos, pero ¿cómo se lo cuentas a un borrico?.
Me extendí más sobre mi problema lingüístico particular hacia el final de uno de aquellos "quemados" memes.

Vicent Maganer Ripoll dijo...

Querida Maria:
En Valencia, la manera en que es usada nuestra lengua es deplorable. Abusan de ella, olvidan su riqueza, su belleza y dejan de hablarla con la facilidad del apagar y encender la luz. Yo por suerte, hablo valenciano porque quier, porque vivo en un pueblo pequeño y todos nos comunicamos mediante ella, pero creo que, sea como sea, una lengua es un patrimonio que no debería, nunca, de ser maltratado y, de la misma forma, obligado a ser aprendido.