29 de marzo de 2012

Divertir y anestesiar

A modo de experimento, y durante cuatro días, he expuesto mi neurona al riesgo de ver cada tarde un rato de “Sálvame”. Intentaba averiguar qué ofrece este programa para tener enganchada frente al televisor a tanta gente. Los reality show y el resto de la programación televisiva, en general, tienen un objetivo común: el de distraer al pobre, hacer su existencia más soportable con placeres y dolores ajenos. Los guapos, ricos y famosos se exhiben como carne en una casquería, abiertos en canal, ante los feos, pobres y anónimos ciudadanos. Después de dos décadas en cartel, las audiencias permanecen apáticas y las cadenas buscan animar a la masa con algún espectáculo más cruel, del estilo de “Supervivientes”, o con espacios donde los marginados sociales tienen su minuto de gloria televisiva. La programación narcotiza al rebaño, forja sus sueños, le ata con cadenas. Vemos el mundo como quieren que lo veamos. Nos ofrecen viajar a Utopía sin salir del salón de nuestra casa, allí las tribulaciones cotidianas quedan fuera. Todo reluce bajo los focos con un barniz dorado, pero es una realidad inducida. La realidad auténtica es mucho más horrible que el hambre y la escoria que rodea a más de la mitad de la población mundial. Pero vivimos una alucinación colectiva y consecutiva. Caemos en picado desde un idílico estado del bienestar, el sueño se ha hecho pedazos, pero nosotros aún nos creemos los reyes del mambo y nos parece que hay otros en peor situación. Por eso no hacemos nada y nos resignamos.