22 de febrero de 2012

Gigantes

Mientras estamos sanos, ni siquiera pensamos en todas esas personas que no pueden desarrollar las actividades básicas de la vida cotidiana debido a una enfermedad permanente que las incapacita. Vestirse, subir escaleras, conducir un vehículo, cargar con las bolsas del super, son tareas imposibles de realizar para estos enfermos. El ser humano lleva siglos buscando explicaciones superiores para este tipo de jugarretas del destino, pero no existe ningún dios, por malvado y perverso que sea, que desee provocar el mal de forma gratuita. Al menos de una religión que merezca la pena ser seguida y practicada por nosotros. Las enfermedades te limitan en tu ámbito anímico y corporal. Hacen que la normalidad sea el sueño más poderoso, lo más deseado. Por eso, cada detalle cotidiano: tomar un café por la mañana, leer el diario, relacionarnos con los demás, compartir tiempo y vivencias… se convierten en poderosas razones para sentirnos felices y en antídotos de la depresión.

Quienes tienen una salud frágil, contemplan la vida desde un punto de vista diferente. No dormir a causa del dolor, no poder levantarse de la cama, necesitar de alguien para realizar el aseo personal o para comer… Con la enfermedad, las oportunidades de estudiar, de trabajar, de mantener una vida social, se reducen e incluso desaparecen.

Un niño que ni siquiera puede salir de casa porque la piel, literalmente, se le rompe y le salen llagas. Existen enfermedades raras que te obligan a caminar por la calle con mascarilla o que convierten tu piso en un fortín protegido de las radiaciones del móvil. Pensemos que en un futuro no muy lejano sufriremos enfermedades nuevas, de las que todavía desconocemos su nombre, mientras que otras desaparecerán.

Cuando aparece la enfermedad, la vida deja de ser como antes, y no me refiero solo a las dolencias físicas. Existen males del espíritu que nos apartan de la sociedad. El dolor no tiene límites, pero nuestra resistencia sí. Contra esto, el único medicamento realmente eficaz es el soporte y el cariño de la gente que nos quiere y el espíritu de superación, esa fuerza extraña que nace dentro de nosotros y nos convierte en gigantes.