Niños no, gracias

Ocurrió este verano, en Bilbao, la dueña del restaurante Style prohíbe que los niños entren en su establecimiento. “Reservado el derecho de admisión […] y también de menores de edad, acudan solos o acompañados”. No es el único local vizcaíno que restringe la entrada a los peques, McDani’s tiene prohibido entrar a los menores de seis años.

La culpa, claro, no es de los chiquillos, sino de sus padres o responsables, que los sacan de casa sin haberlos civilizado previamente y así son capaces de pillar una monumental pataleta porque no les gustan los macarrones que les han servido en un restaurante que cobra a 60€ la minuta. Un bebé, que se encuentra unas mesas más allá, se solidariza con el cabreado y rompe a llorar, con lo cual el sumiller tiene que describir a voces las bondades del vino que está sirviendo.

Quizás sea yo demasiado estricta para los tiempos que corren, pero opino que cuando uno está disfrutando de un ágape de lujo, lo que menos le apetece es que un niño borrico le amargue la comida. De la misma manera que existen unas normas de conducta en una representación de ópera, por ejemplo, también se requiere un comportamiento adecuado en los restaurantes, pues nadie tiene porqué sufrir la impericia, el pasotismo o la falta de autoridad de algunos padres.

Ya puestos a prohibir, prohíbase también la entrada a los restaurantes de aquellos clientes faltos de una pátina de urbanidad en la mesa, sí esos que hablan con la boca llena, hacen ruido al beber el vino o le roban el pan al vecino. Y a los que usan el móvil para torturar al público, y a los que llaman al camarero como si fuera una oveja perdida en el monte, y a los que se ríen y vociferan como si fueran los únicos comensales del establecimiento, y a los que…

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