Hartazgo por saturación

José María Aznar lo sabía de buena tinta: “Irak está lleno de de armas de destrucción masiva”. Igualmente sabe de buena fuente que "a los españoles se les ha engañado. El diálogo con ETA continua"; se lo comunicó a su amigo P.J. Ramírez, a quien le faltó tiempo para publicar la noticia en la portada de su Mundo. Y el Abecedario le secundó invitándonos casi a otro alzamiento nacional: "La rendición del Estado: la memoria de las víctimas, mil muertos y miles de heridos física y moralmente, no permite dejar pasar este episodio de corrupción institucional como una etapa caduca". Así día tras día, año tras año. La caverna mediática, agitada por políticos de derechas, españolistas, de esos a los que no les gusta que les digan las copas de vino que tienen que beber, sigue avanzando con mordiscos y rebuznos, con una crítica barata y una demagogia populista insoportable. Pese a estos insultos descarados y constantes a la inteligencia de los ciudadanos, la gente les sigue votando. A los otros, que aguardan su turno y con quienes se alternan en el poder, también les votan.




Vivimos en el país europeo con el índice más alto de paro, corrupción y nepotismo. Somos los primeros en lo malo y lo llevamos con orgullo. Somos un país gris, con una monarquía que va a bodas principescas y a funerales de Estado y de paso apadrina osos panda, con un presidente incapaz de decidir qué hace para que la bomba de la crisis no le estalle en las manos, con un candidato a sucederle totalmente anodino, como es el señor Rajoy. Observando a unos y a otros, mi pesimismo aumenta exponencialmente cuando escucho a Aguirre, Arenas, Mayor Oreja, Rodrigo Rato, Sáenz de Santamaría, De Cospedal... o a Bono, Chaves, Blanco, Chacón, Jiménez, Montilla… Que tanto da. Nos hemos apuntado a la guerra de Libia porque no teníamos nada mejor que hacer, los obispos salen en manifestaciones al lado de banqueros y falangistas, sindicalistas convencidos protestan en las calles con gigantes y timbaleros, las familias arruinadas por la especulación y la falta de trabajo se quedan sin techo y no pasa nada. Me dan ganas de proclamarme apátrida y pedir asilo político en alguna tribu amazónica.






*Imagen: Ibáñez

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